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Nada es tan necesario al hombre como un trozo de mar...»
Blas de Otero
Como ya sabes, joven amigo, he sido coordinador territorial de UPyD Andalucía hasta hace bien pocos días. Ha sido la mía una experiencia repleta de errores, titubeos, altibajos emocionales —más propios de un enamoradizo adolescente— y de múltiples decepciones. En fin, como todos, supongo.
Todo un novato, ese soy yo. Y como tal, he tenido que soportar de mala gana ese tenue fatalismo que acarrean los “porque sí”. No he logrado entender muchas de las cosas que he vivido en UPyD, ni creo que logre entenderlas nunca. Sigo sin acostumbrarme a las actitudes del político, esas que se supone que uno debe comprender y tolerar para andar metido en esto. Lo único que me consuela es que tampoco quiero acostumbrarme nunca. Todo un novato, ese soy yo.
La peculiaridad de este larguísimo momento “transitorio” en cuanto a la organización de UPyD hasta la celebración del Congreso ha causado demasiados estragos en mi ánimo político, además de en mi vida personal y, por supuesto, en mi dedicación profesional. Me he visto obligado a soportar situaciones y, sobre todo, comportamientos que considero pueriles, indignos y malolientes. He tenido que apretar los dientes demasiadas veces en busca de una armonía general de la que, vistos los resultados, me avergüenzo profundamente, ya que sólo han servido para fortalecer actitudes falaces e hirientes. Llegados a estas alturas, me he dado cuenta de que, en mi constante intento por transigir ante estupideces de todo tamaño, he ido perdiendo el respeto hacia mí mismo y hacia las personas que quiero. Ésas por las que un día fui Coordinador del CEP de Granada y por las que después acepté ser Coordinador de UPyD en Andalucía.
Nunca he entendido UPyD desde otra perspectiva que la de la participación. Este proyecto nace de una ciudadanía que, tras bastantes años asumiendo la actitud del espectador, decide que ya es hora de levantarse para reclamar lo obvio, lo invisible, aquello que de tanto haberlo dado por supuesto, se nos estaba escapando por la puerta de atrás: la Democracia —sí, sí, con mayúsculas—. Más allá del electoralismo, de la propaganda, de los medios de comunicación y de los políticos, existe la política. De eso no me cabe la menor duda.
Sin embargo, en los férreos convencimientos que compartimos casi todos nosotros, no hemos sido acompañados por los aciertos organizativos internos. Algunos han pensado que lo esencial, el plano ideológico, el manifiesto, salvaguardaba de alguna manera la enorme carencia de criterios coherentes en la forma de trabajar y de entendernos entre nosotros. A pesar de que esta creencia ha sido la dominante hasta el momento entre quienes han tenido la responsabilidad de dirigir el partido, los hechos y mi propia experiencia, han demostrado que, salvando el extraordinario trabajo parlamentario de Rosa Díez —que tampoco quisiera minorar, porque sería injusto—, casi todos los esfuerzos se han centrado en presentarnos a elecciones y en “apagar fuegos” constantemente.
Andalucía ha tenido de todo esto y mucho más. No puedo sostener mi discurso con grandes logros, porque no los he tenido. Las dificultades —muchas de ellas heredadas, y otras tantas provocadas por la inercia, la ambición o el silencio— han sido mis mejores, si no las únicas, compañeras de viaje.
Por integridad personal —la integridad política la dejo para quien tenga la capacidad intelectual que a mí me falta para analizarla—, afirmo con tristeza que, si fueron necesarios tantos esforzados golpes de riñón por convivir con personas que no merecen mi respeto, cuyas capacidades en la lecto-escritura más elemental no alcanzarían los mínimos de un nivel de Educación Primaria y cuyas constantes e irresponsables provocaciones han acabado por agotar mi paciencia, vamos por muy mal camino. Si por selección natural, el perfil político que acaba prevaleciendo en UPyD es el de algunas de las personas que tengo en mente, habré acertado en mi decisión de dimitir, sin duda alguna.
La culpa ha sido enteramente mía. Porque en la soledad del encuentro con uno mismo, cuando no hay nadie a quien buscar la mirada cómplice, ni existe posibilidad alguna de desahogarse de sus frustraciones, siempre he topado con argumentos suficientes para convencerme de que no estoy hecho para esto. Me faltan demasiadas cualidades y me sobran no menos defectos que, aun pasando en ocasiones inadvertidos, siempre han acabado por pasarme factura.
No he dimitido, querido amigo, por las presiones de algunos miembros de la Coordinadora: lo hago desde el amplio ejercicio de una libertad que perdí en algún momento casi sin darme cuenta, cuando renuncié a ejercerla en aras de un ficticio buen entendimiento general.
Esa libertad perdida con la que intentaré reconciliarme —con mi conciencia lo estoy haciendo a la par que escribo estas líneas—, siempre ha sido en mí un valor prioritario del que espero no tener que desprenderme nunca más, aunque no valga para nada ni para nadie.